El naranjo
En el aquelarre anual todas las brujas del pueblo se reúnen para vender parte de su conocimiento, desde amuletos hasta hechizos. La fría noche cubrió con su manto a todo el pueblo. Bolas de fuego como lluvia de estrellas y una gran fogata en medio del festín. Los niños de un lado para otro, esquivando las carpas donde se encontraban las brujas y los campesinos con carretas llenas de grandes calabazas se paseaban también. El ambiente, incluso con la cálida fogata, era frío y muy húmedo. Entre la muchedumbre, llegó una carroza blanca, limpia, con dos caballos hermosos que al avanzar se llenaban las pezuñas con lodo. La carroza al detenerse dejó ver 4 pies; dos en zapatillas y otros dos con botas para lluvia. Era Catalina y su hermano Alejandro; ambos hijos del rey. Enseguida entraron en una de las carpas. Ahí dentro una bruja se les acercó: — ¿Qué es lo que buscan? – preguntó la bruja. Catalina la miró y dijo: — Estoy embarazada, no puedo ni quiero tener al bebé ... Enseguida Catalina dejó una bolsa llena de monedas sobre la mesa. La bruja buscó en un baúl un saco marrón y dijo: — Esta noche tienes que enterrar esto. cuídalo como una planta, si la cuidas ésta crecerá rápidamente y dará tu fruto favorito, ¡pero sólo puedes arrancar un fruto al día! con el tiempo y mientras más crezca el árbol; el bebé irá desapareciendo. Catalina y Alejandro volvieron al castillo; en medio del bosque, cavaron un hoyo, cruzaron sus miradas por tres segundos, tres dulces segundos en los que sintieron los recuerdos de su infancia: corriendo alrededor del castillo con el rostro empapado por la lluvia. Perderse para luego encontrarse en el bosque; volver al castillo y secarse viendo la cálida fogata, tres incómodos segundos de recuerdos interrumpidos por un impulso que les masticaba el cuerpo con la culpa. Echaron al hoyo lo que estaba en el interior del saco marrón. Con los meses y con el cuidado de Catalina, las raíces brotaron del suelo y creció un gran naranjo. Cada fruto que daba era mejor que el anterior, cada gajo guardaba una concentración equilibrada de sabor y dulzor; que hacía que todas las mañanas Catalina se despertara temprano para arrancar un fruto. Una de esas mañanas, Catalina recorrió el bosque buscando el naranjo, para darse cuenta que al llegar, había un niño; descuidado, lleno de lodo, atento al fruto, tratando de a brinquitos; alcanzarlo. El niño parecía venir del pueblo, donde todos los niños ayudan a sus padres con el oficio familiar (campesinos, herreros, carpinteros, etcétera). Catalina señaló el fruto y el niño asintió con la cabeza, ella arrancó el fruto y se lo regaló, el niño se fue con una sonrisa en su rostro. Al día siguiente Catalina despertó con gran emoción para saborear el fruto que tanto deseaba y al llegar al lugar se percató de que ya no había un niño, sino tres. Intentando alcanzar una naranja; estos amablemente le dijeron: – señorita, ¿nos podría ayudar a alcanzar una naranja? ... Catalina al ver sus miradas inocentes, respondió: — sí, pero sólo una — y les dió la naranja. Con los días, el rumor de que había un gran naranjo con las mejores naranjas, dentro del bosque, se expandió por todo el pueblo, en especial por los niños, pues a los adultos poco les importaba buscar un naranjo en medio del bosque; así, los niños se organizaban para buscar el dichoso árbol y cuando finalmente lo encontraban; hacían de todo para intentar alcanzar un fruto. Catalina al percatarse de esto, salió un día por la noche y arrancó todos los frutos, los echó de uno por uno en un par de rejas hasta llenarlas y guardarlas en un cuarto con llave. Al día siguiente el árbol no volvió a dar más frutos. Una mañana, Alejandro, el hermano de Catalina, despertó muy enfermo, tenía una fiebre altísima y no se podía levantar de la cama; a Catalina le pareció buena idea buscar en donde había guardado todas las naranjas que había arrancado apenas unos días atrás. Escogió entre el montón, un par, para hacerle un jugo y así se sintiera mejor. Esa noche a 9 horas de haberse tomado el jugo; el hermano empezó a empeorar, con los días su vista era limitada, no podía escuchar y perdió el habla. Los doctores visitaban el castillo durante todo el día y poco hacían para ayudar a la familia desesperada. El castillo empezó a apestar. Una noche, al abrir la puerta de su habitación; lo encontraron, con raíces saliendo por su boca y un tumor enraizado en su vientre. Su corazón aún palpitaba. Catalina, con días sin poder dormir, bajó de su habitación para buscar un espacio en la casa que la hiciera conciliar el sueño perdido. Al bajar por las escaleras, pisó un charco rojizo; que parecía provenir del cuarto donde guardaba las naranjas. Se quitó la llave del cuello y al abrir el cuarto no encontró más que un hedor penetrante y manojos de carne en lugar de naranjas. Catalina horrorizada salió huyendo del castillo y corrió por el bosque. En cada segundo su corazón palpitaba más y más; el crujir de las ramas en sus pies y él no distinguir bien hacia dónde iba, no hacía más que espantarla. Cuando sus pies descalzos se rindieron en medio del bosque, empezó a notar un sonido que la hizo correr de nuevo. Un lloriqueo de bebé empezó a distinguirse entre la respiración agitada de Catalina; dos lloriqueos, tres lloriqueos, como si en cada árbol estuviese dentro un bebé llorando desesperadamente. Mientras más corría, más aumentaban el volumen de éstos. Hasta llegar al naranjo, ya seco, que dejaba ver sus ramas sobre la luna, como si esta tuviera grietas. Los llantos aumentaron, la tierra empezó a vibrar debajo de sus pies descalzos, como si hubiera cientos de manitas rascando desde la raíz. Un ardor fuerte en el vientre hizo que Catalina se pusiera de rodillas y con sus manos empezó a rascar el suelo, una y otra vez; hasta que sintió unos dedos pequeños que tomaron su mano con fuerza.