Poemario
Índice
1
En mi jardín no hay flores
Ni césped, ni agua.
Solo hoyos.
Grietas que unen sus bordes para hacer frente
a este gran semidesierto rojo
de cuerpos y plata.
Fresnillo
Mi pueblo es un dominó de socavones,
causados por el rumor externo
de los hombres de traje,
que voltean la mirada
cuando sus hijos matan a los hijos del otro.
Piso de plata saqueado.
manos extrañas,
jalan la cadena
que construimos
y ahora nos ata.
Que los pulmones de nuestros padres se ennegrezcan
para que pueda brillar el auto del patrón.
Que los compañeros de clase
dejen su butaca vacía
para llenar el socavón irremediable,
interminable,
inacabable,
que se alimenta de nosotros.
Hijos de mineros,
excluidos del lujo soñado,
de la cadena que al jefe adorna
y a nosotros ahorca.
Fresnillo II
Ansío el día
en el que debajo de nuestras casas
solo haya tierra.
Nada que les sirva.
Nada que puedan vender.
Padecimos
la blanca suerte plateada,
y con ello,
el cierre de nuestros parques.
Mi ocio.
Tu ocio.
Nuestro ocio.
A cambio del rumor enterrado
de algunas piedras valiosas.
Archivo
Surco de cemento que encapsula sangre.
Te debemos la memoria
que con jabón diluyen.
En tu haber de manchas
guardas la más incómoda:
síntoma del olvido,
compañera de chicles,
polvo
y aceite.
La otra montaña
Guardé mi confusión.
La llevé en una bolsa
a donde se encuentra el gigante de óxido.
Aquí las personas derraman la brea negra
que sale de pasarle un trapo al corazón.
Entre los glaciares de metal,
se asoma la gran montaña de carne,
lo único que no emite
el reflejo del copo mayor.
Cayeron las plumas glaciares
sobre nosotros todo el día,
restos de la asunción forzada.
Aquí se encargan de separar
lo que desecha el hombre útil.
En un mismo contenedor
llegan los dientes de mis amigos
y restos de basura industrial;
cabello enredado
entre las medallas de oro
de algún reconocido atleta.
Dos montañas totalmente desproporcionadas
se forman:
inorgánica
y orgánica.
Una vez cada cierto tiempo,
nos visitan los hombres de traje,
se llevan la colección de chatarra
y la vuelven a convertir
en algo que les sirva.
Mientras que acá,
intacta,
nos dejan la otra montaña.
Agua violenta
Agua violenta nos tocó.
Llegó como llega el bostezo.
Se coló debajo de la puerta y, con los días,
aprendimos a beber de ella; aprendimos a bañarnos en ella.
Hicimos de nuestras calles un río
donde ahogamos todo tallo por crecer.
Un estanque en el que quisimos flotar nuestros barcos
y donde solo nos resignamos a rezar.
Tú no tienes la culpa de haber querido respirar,
de abrir la boca en un gesto desesperado por agarrar oxígeno,
llenándote los pulmones de la lama más espesa y fría.
No fue culpa tuya buscar la ausencia de todo
cuando nuestro todo era solo rabia.
La misma que usaste para remar fuera de aquí.
Amigo, dime si al final pudiste llegar a la orilla,
pisar tierra y sentarte a esperar(me).
No sé cuánto tarde,
pero estoy convencido de que todas las aguas
llevan a ti.
7
Las avispas del horror inundaron nuestros cuerpos,
y quisimos esconder los piquetes hacia el exterior.
Bajo la ropa yacían las rutas de nuestra eterna complicidad,
un recuerdo de nuestro no entender el mundo.
Y en ese no entender,
la inocencia de aprender el mismo idioma
de quienes se resignan en vida.
No es que hayas muerto,
es que te ahogaron las mismas vertientes
que a mí me empujaron hacia fuera.
Aguas donde, en el fondo, siguen las piedras que aventamos,
interrumpiendo el reflejo de la nube máxima,
formando estructuras en los bajos verdes.
Los castillos ocultos de nuestra amistad
se derrumban bajo mi almohada,
que, junto con mis sueños y anhelos
te nombran
Lo justo
No te faltó más por vivir.
Viviste lo justo.
Los días justos.
Los meses justos.
El sueño te venció jugando,
indestructible,
en calma.
El espejo te guardó intacto:
ruidoso,
inquieto.
Los pasos que diste,
lo que hablaste,
lo que rompiste,
todo fue lo justo.
Me molesta el afán del tiempo
al insinuar que te faltó más,
solo porque dejaste tu cama destendida,
el plato lleno,
un cerillo sin prender.
Me molesta que se te impongan
versiones ajenas de lo que pudiste ser,
fantasmas que solo duelen en vano,
falsos tiempos de más,
que son descartados por el presente,
donde no hay espacio para otro suspiro.
Nada que te pueda ser dado existirá jamás.
Elegiste los días justos,
y con ello,
la vida justa.
Vivir con la grieta
El último calor del mundo, resguardado en tus manos.
La chispa que creció hasta asomar
sus raíces de luz
por fuera de la casa,
tiznando la ruptura en la pared,
incendiando lo ya incendiado.
Si busco ahí dentro,
¿qué puedo encontrar?
¿El cúmulo de trigo
que cubre a nuestro pequeño lenguaje,
que solo los árboles entienden?
¿La esperanza bajo la mesa que ladea,
tus zapatos intactos,
las muecas a medio formar
y el sonido eterno del refrigerador?
Una grieta.
Dos grietas.
La grieta máxima se abre entre nosotros.
Y con ello:
sostener los bordes ardientes de la fisura,
sangrarme a solas,
asumirme,
labrar el refugio,
guardar el cariño que nos queda,
hasta poder
con fe
vivir con la grieta.
10
Polvo en la luz,
suspendido,
a la espera
de una corriente de aire.
Balón,
que antes de caer,
arrastra miles de miradas
hacia el concreto.
Cúmulo de alas
sobre los cables de tensión
que alimentan esta ciudad.
Banquetas
que se dejan pintar de negro
por las ramas,
bajo el sol
Detrás del movimiento
irrepetible de las cosas
se esconde un mundo
que no pide mucho:
solo ser habitado.
No toda luz
No toda luz
viene como respuesta
al arrebato más violento.
Ya había en mí
un campo de espejos
que, aun volteados,
reflejan mi entrega.
Ante este momento
que se detiene
y que amo:
persignar a mi papá antes del trabajo,
despertar en el humo azul de la mañana,
enredarme en la risa.
Y con ello,
la certeza
de que me mantendré
frente a esta vida,
con el corazón expuesto.
El horror
no determinará jamás
lo que ya hay en mi sangre.
Delante de Dios
Delante de Dios
sostengo mi odio.
Clavo mis dientes en su corazón,
no para hacerle daño,
sino para aferrarme.
Pues este odio que cargo
es el mismo que me hace esperar
una temporada más,
para que esta vida
me signifique algo.
Esta tenue esperanza
es más fuerte
que todos los vacíos del mundo.
Cálida chispa
entre remolinos de agua,
que se niega a ceder.
13
Puntos de luz se cuelan
entre los hilos de nuestro refugio,
formando un caparazón inquebrantable,
como el del caracol
que guardamos esta mañana,
escondido y seguro.
Así duermo
cuando me arropas.
Entre el ruido de la espuma
que lanzan los niños
en la fiesta patronal,
los copos recogen
en el aire
pedacitos de nuestra infancia,
que riegan este gran lote baldío,
convertido en campo de juego
por manos pequeñas
que imaginan
cada domingo
un mundo nuevo.